14 de agosto de 2022

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Un desamor casi lo deja en la calle, lo salvó una buena idea: “Pasé de pobre a millonario”

Julián Bisignano tiene 28 años y asegura que consigue tickets para cualquier partido de fútbol. Cuanta que su familia vivía en un monoambiente y viajaba en colectivo. Hoy muestra una vida excéntrica en las redes sociales: un departamento en Puerto Madero, viajes en avión privado y helicóptero, ropa cara y hasta su propio chef.

Hasta hace dos años Julian Bisignano solo viajaba en bicicleta. Jamás imaginó que en el 2022, cada mañana recorrería la ciudad en un auto de lujo y el país a bordo de un avión privado. Ni que cambiaría su habitación en la casa de sus padres en Caballito por un espectacular departamento en Puerto Madero. Tampoco que sus vacaciones pasarían de ser en Las Toninas a Tulum, y dejar de cocinar para que de eso se ocupe su propio chef. “Pase de pobre a millonario con el fútbol: haciendo que todos los que quieran puedan ir a la cancha, sin importar que no sean socios o necesiten pagar en cuotas”, dice el joven de 28 años.

Julián Bisignano sobre uno de sus nuevos gustos: trasladarse en helicóptero

Su infancia no fue fácil, asegura. Creció en un monoambiente en Villa Crespo con su hermano menor y sus padres. La persona que lo crió fue su abuelo Ángel, porque todos tenían que salir a ganarse la vida. Su padre como vendedor de anteojos, y su madre como asistenta. Recuerda pasar meses comiendo lo mínimo y necesario. “No teníamos nada, en casa no se podía repetir la galleta con el mate cocido, ni mucho menos un plato de fideos, siempre tuvimos lo justo”, revive. Desde aquel entonces supo algo: él sería el único que lo podría sacar adelante.

“Siempre quise tener plata y como no teníamos nada, sabía que si yo no hacía algo por mi, no iba a cambiar mi situación. Me imaginaba la vida que tengo ahora, fue una lucha de años, de no conformarme y de desear algo más grande que yo”, dice Julián.

Julián, de niño con su guía: su abuelo Ángel

Vestido con ropa importada de marca, se saca los lentes de sol. Es excéntrico. Se parece a algún personaje de televisión, de una novela mexicana. Pasional, pero frío. Entre lo tímido y lo extrovertido, un punto medio. “Me gusta el picante, es un buen sabor”, dice mientras come un guacamole tras una reunión con empresarios. Pero hay algo más: la ambición brilla en sus ojos.

De aquella infancia que recuerda con amargura cosechó las lecciones más importantes de su existencia, y dice: “Podemos tener todo lo que queramos sí realmente luchamos por ello, sin importar dónde nacemos ni desde qué lugar empecemos. La vida no tiene límites: es uno el que la delimita con sus creencias y acciones”.

En su brazo, lleva una marca, un tatuaje con un nombre: Ángel. Es como si algo lo estuviera protegiendo, quizás hasta de él mismo. Es el recuerdo vivo de la persona que le cambió la vida: su abuelo. La encarnación de aquellos amores que no se olvidan jamás. “El me crió porque mis viejos no estaban nunca, me venía a ver al colegio cuando había un acto y me decía que yo era el mejor, me llevaba a la plaza a jugar, me aconsejo hasta su último día, y hoy siento que me mira desde el cielo”, agrega.

Estudiando Diseño Gráfico en la universidad

Cuando Julián tenía 10 años su destino cambió para siempre. Su abuelo lo llevó por primera vez a la Bombonera. Lo que jamás se va a poder sacar de su mente es la cara de Ángel gritando un gol. La emoción desmedida, cada uno de los cantos en coro, el olor a choripán y los colores azul y amarillo. Todo eso está en el recuerdo del rostro de aquel hombre mayor que lo alzó en brazos y le compartió su pasión por el fútbol.

Estudió diseño gráfico en la Universidad de Palermo, y para pagar sus estudios, trabajó durante años como relacionista público en un famoso boliche de la noche porteña. Desde ese lugar, proyectó la vida de sus sueños, pero solo viéndola desde lejos, frente al dique tres de Puerto Madero y a dos horas en colectivo de donde vivía.

Uno de esos días acompañó a su abuelo al hospital -ya que tenía cáncer de pulmón- y tomó la peor decisión de toda su vida. En vez de ausentarse, fue a trabajar y se despidió de su abuelo. Con una camisa a rayas y su bastón de plástico negro, lo abrazó, y le dijo: “Juli, mucha suerte con tus amigos”. Era la parada del colectivo 92 -el verde y blanco con destino a Ramos Mejía- y lo que ninguno de los dos sabía, ocurrió sin previo aviso: fue la última vez que se miraron a los ojos y se dieron un abrazo. Ángel murió ese mismo día. La bendición de su abuelo y su pasión por la pelota, quizás podrían haber sido una premonición de lo que el joven asegura que comenzó a sus 27 años: “A finales del año 2021 me hice rico de la mano de mis amigos”.

Un desayuno en un hotel cinco estrellas. En sus redes sociales muestra un estilo de vida ostentoso

Animarse a emprender

Pero antes del éxito, vivió en carne propia el fracaso. Julián siempre tuvo una pasión por innovar, creó una pequeña empresa de diseño junto a dos compañeros de la facultad, y con su experiencia como relacionista público hacían producciones para espacios de ocio nocturno como bares y restoranes.

Una ruptura amorosa fue el inicio de una profunda depresión, que lo destruyó poco a poco. Su ex novia lo dejó casi en el altar, sin ninguna explicación, y él no supo qué hacer. Se retorció de dolor en su cama. Dejó de trabajar, perdió uno por uno sus clientes, no pudo pagar el alquiler de su departamento, y casi no tenía qué comer. En 2019 estuvo a punto de ir a dormir a la calle, pero su padre lo llevó nuevamente a la casa familiar. “Perdí todo por la depresión, nada tenía sentido”, agrega el diseñador gráfico.

Tras meses de caos, su amigo Giuliano le pidió un favor: unas entradas para ir a la cancha. Al salir, surgió la idea: “¿Si conseguimos entradas y las vendemos en internet al costo?”, le dijo su amigo. Comenzaron por grupos de Facebook y conocidos. Hasta que el joven diseñó un proyecto: terminar con las reventas clandestinas a través de una plataforma digital en la que se puedan cargar todo el excedente de tickets y brindar el acceso incluso a quienes no sean socios de los clubes.

“Cuando empecé con mi agencia hice un análisis de mercado. En aquel momento no había páginas para ofrecer entradas de fútbol, solo encontré unas para eventos culturales como recitales y visitas de museos. Era una oportunidad que no podíamos dejar pasar, una carta ganadora. Cuando nadie quería poner capital arrancamos con nuestros ahorros, aunque sabíamos que no nos iba a alcanzar para todo el proyecto. Le presenté un buen plan de negocios a los principales sponsors, así fue que nos dieron las entradas”, comenta el empresario.

“Para mi es democratizar el fútbol, hacer que todos puedan ir a la cancha, te permite hacer una compra segura y con financiación en cuotas, es algo pensado para incluir a todos”, explica. “Le vuelvo realidad el sueño a quienes quieren ir a la cancha y no lo pueden pagar, tendría que ser un derecho fundamental al menos poder ir una vez a ver un partido”, enfatiza.

Junto a un helicóptero, símbolo de su nuevo status

Al consultarle el mecanismo utilizado para adquirir los tickets que venden en la plataforma, responde: “Lo conseguimos a través de sponsors importantes que nos ayudan proveer las entradas, y así la gente las puede conseguir de una forma más rápida y segura. También compramos las entradas de quienes por algún motivo no pueden asistir a los partidos”.

Entre sus planes personales se encuentra el de ayudar a otros a partir de su propia historia. “Quiero que los pibes se animen a emprender, tengo un equipo trabajando para desarrollar unos talleres de negocios para barrios populares. Hay que darles herramientas a todos los que quieran salir adelante, pero en especial a quienes están excluidos”, agrega el empresario tech.

Su vida en las Redes Sociales

Por lo que muestra en las redes sociales, su vida se encuentra rodeada de lujos. En su cuenta de Instagram @julibisig_ tiene más de 140 mil seguidores que lo alientan a la exposición. “Tengo chef en casa. Como en los mejores restaurantes y acompaño mis noches con el mejor champagne”, asegura con emoción, y menciona una marca cuyas botellas pueden alcanzar los 200 mil pesos.

En la virtualidad se jacta de vestirse exclusivamente con ropa de los diseñadores internacionales más cotizados del mercado. “Mira lo que es mi vestidor”, desafía. Y es cierto: además de su colección de perfumes importados, uno de sus cinturones cuesta en el mercado 300 mil pesos, uno de sus pares de zapatillas 150 mil y su reloj… los 3 millones.

En Puerto Madero, donde vive y tiene su oficina

El empresario asegura que para no perder el tiempo llega a sus reuniones en el interior en vuelos privados. Su paisaje preferido, sin duda, es la vista de la Bombonera desde el helicóptero que usa los fines de semana. “Ya no manejo mi auto, contrate una chofer que me lleva a todos lados. La llamo y listo, y yo puedo seguir trabajando. La verdad es que es genial no tener que preocuparte por él transito, todo pasa a ser una oficina”, comenta Julián.

“Ahora que soy millonario puedo comer lo que quiera, y me doy mis gustos. Por eso contraté un chef y solo voy a los restaurantes más exclusivos del país. Pido la botella más cara y los mejores platos sin mirar los precios”, continúa. Según él, las cuentas que le llegan a su mesa en una cena, nunca bajan de los 50 mil pesos. Antes de asistir a su próxima reunión del día, se despide: “El cielo es el límite”.

Por Marisol San Román para Infobae