Con la muerte de Ernesto Cherquis Bialo, producida este viernes a los 85 años, empieza a cerrarse definitivamente el largo ciclo histórico que durante buena parte del siglo XX (sobre todo) hermanó al periodismo deportivo con el mejor uso posible del idioma y construyó desde allí crónicas escritas con la letra y el espíritu de verdaderas novelas.

Esa narrativa, que encontró su cumbre en las mejores épocas del semanario El Gráfico, tuvo en Cherquis a uno de sus más notables exponentes a través de una larga serie de antológicos relatos ambientados sobre todo en el mundo del boxeo cuando sus protagonistas (Muhammad Alí, Carlos Monzón, Oscar Bonavena, entre otros) recorrían el mundo jugándose en el ring el título mundial rodeados de apuestas millonarias, lujo, glamour, farándula y viajes rápidos entPara escribir esas historias de triunfos y miserias siempre estaba Cherquis, un “hipnotizador con la palabra”, según la certera definición de uno de sus mejores amigos en el oficio, Alejandro Wall. Hace un año, comentando una entrevista que Cherquis ofreció en un canal de streaming, Wall resumió a la perfección la suma de atributos que distinguió al periodista entre sus pares a lo largo de una trayectoria extensa, apasionada y llena de vaivenes. Digna de las crónicas noveladas que él mismo firmaba después de observar vidas ajenas de deportistas exitosos en pleno ejercicio de la fama.re la gloria y el ocaso.
Para escribir esas historias de triunfos y miserias siempre estaba Cherquis, un “hipnotizador con la palabra”, según la certera definición de uno de sus mejores amigos en el oficio, Alejandro Wall. Hace un año, comentando una entrevista que Cherquis ofreció en un canal de streaming, Wall resumió a la perfección la suma de atributos que distinguió al periodista entre sus pares a lo largo de una trayectoria extensa, apasionada y llena de vaivenes. Digna de las crónicas noveladas que él mismo firmaba después de observar vidas ajenas de deportistas exitosos en pleno ejercicio de la fama.

“Cherquis Bialo desplegó anoche toda su elegancia, su verba, su gracia, sus verdades y también, cómo no, sus arbitrariedades”, había escrito Wall como síntesis de una personalidad que dejó su marca en un largo y privilegiado recorrido profesional en los medios. La vida de Cherquis arrancó en el papel y terminó en las puertas del streaming. Podía moverse a sus anchas en todos los ámbitos, pero nunca se sintió tan cómodo como en una redacción, frente a la máquina de escribir, contando aventuras de jugadores, boxeadores, tenistas, ajedrecistas, empresarios y dirigentes deportivos. “Son actores de mi prosa. Yo escribo historias”, contó en julio del año pasado en una gran entrevista para LA NACION firmada por Leni González.
Cherquis nació en la calle Yi, ubicada en el corazón de Montevideo, el 30 de septiembre de 1940. Durante la infancia, su familia (descendiente de emigrantes llegados al Río de la Plata desde Europa Oriental) vivió entre Uruguay y la Argentina, con un padre dedicado al comercio de antigüedades. Ya adolescente se estableció en Buenos Aires e inició su carrera en el periodismo como pasante del diario Clarín, atraído por figuras como Carlos Solé y Fioravanti, maestros del relato futbolístico.
De ellos admiraba sobre todo la riqueza de las palabras que usaban al describir lo que pasaba durante un partido. “Reunir fútbol e idioma en mi trabajo era como la síntesis perfecta de las cosas que me hacían feliz”, dijo a un medio uruguayo hace algunos años. En 1963 llegó a El Gráfico gracias a una beca y vivió el comienzo de esa larguísima etapa (la más fecunda de su carrera, que culminó como director de la revista) como si ese semanario fuese una “escuelita”: aprendió a clasificar fotos, archivar textos, hacer largas guardias periodísticas, acompañar a las grandes firmas para ver cómo cubrían partidos o entrevistaban a los famosos. Después tenían que escribir simulacros de crónicas que jamás se publicarían.

Cuando Carlos Fontanarrosa, director de la revista, le ofreció cubrir temas de boxeo aprovechó esa oportunidad y la puso al servicio de lo que más le interesaba. No quería contar los hechos, sino las historias escondidas detrás de ellos. Recordaba haber cubierto unas 300 peleas por campeonatos del mundo, aquí y en el exterior. Tenía acceso directo a los más encumbrados púgiles del mundo en el apogeo del box como gran espectáculo de alcance global: Alí, “Mano de Piedra” Durán, Sugar Ray Leonard. También Monzón, Bonavena, Nicolino Locche.
A partir de las grandes peleas de Alí (una memorable, en Zaire, contra George Foreman), las aventuras de Monzón como campeón mundial en Europa o el martirio final de Bonavena en Reno, Cherquis construyó sus mejores crónicas, auténticas novelas de bolsillo en las que el drama humano se mimetizaba con el triunfo o la derrota deportiva.

Las mejores llevaron en las páginas de El Gráfico como firma un seudónimo, Robinson, surgido de la admiración de Cherquis por su ídolo deportivo, el boxeador Sugar Ray Robinson. Lo mantuvo hasta que asumió en 1982 la dirección de la revista. Allí se despidió para siempre del apodo y volvió a usar su nombre y apellido.
Una década antes, en 1972, hizo una de sus más memorables coberturas profesionales, con el mismo espíritu y fuera del boxeo. Sin saber nada de ajedrez narró desde Reikjavik (Islandia) la batalla en plena Guerra Fría por el título mundial entre el ruso Boris Spassky y el norteamericano Robert Fischer. Siempre recordó que enviar el material a Buenos Aires (por telegrama, télex, llamadas telefónicas imposibles o sobres llevados en vuelos comerciales por pasajeros espontáneos) como una verdadera proeza.

Tras el cierre de El Gráfico, la vida profesional de Cherquis se multiplicó y diversificó. Fue una de las figuras de las discusiones televisadas sobre fútbol de Tribuna caliente (“Hacíamos debate entre periodistas, no entre hinchas”, recordó ante LA NACION el año pasado), condujo en radio la histórica Oral Deportiva entre 1994 y 2001, comentó fútbol junto a Marcelo Tinelli en Telefé y también escribió libros: Yo soy el Diego de la gente; Carlos Monzón, mi verdadera vida (con Daniel Arcucci) y 100 años de boxeo argentino en 12 combates legendarios (con Carlos Irusta y Diego Morilla).
“Yo creo que hay muchos Maradona”
También dedicó los últimos años a preparar una biografía (que nunca logró terminar) de Julio Grondona, el longevo y autoritario hombre fuerte de la AFA (la presidió durante 35 años) y del fútbol argentino, de quien fue vocero hasta su fallecimiento en 2014. “Murió Churchill, murió un estadista”, dijo en ese momento. Cherquis siempre fue indulgente con Grondona, inclusive en los momentos en que más se cuestionaron aquí y en el exterior algunos de sus comportamientos, así como de gente muy cercana a su poderosa influencia. Sostuvo con insistencia esa enfática defensa en medio de un escenario dirigencial local e internacional marcado por múltiples denuncias de supuestos hechos de corrupción.

Con la misma elocuencia admitió en la entrevista final con LA NACION que se sentía más cerca de Maradona que de Messi, aunque unía a ambos bajo un mismo calificativo: los dos eran “mágicos”. Pero distinguía entre ambos un visible matiz. Para Cherquis, Maradona encarnaba “un comportamiento humano, personal”. Y Messi, en cambio, tiene una conducta institucional, propia de una empresa. “Las empresas no se emocionan, no se involucran, no se comprometen”, llegó a decir. Nunca registró que esa calificación fue una y otra vez desmentida en el campo de juego por el capitán de la selección campeona del mundo.
Hasta el final, Cherquis añoró en público el tiempo en que “no había intermediarios ni agente de prensa ni influencers”. También lamentaba de las nuevas generaciones la escasa formación ”en el manejo del lenguaje, la terminología y la ponderación de los hechos” sobre todo en los medios audiovisuales. Estaba convencido de que el periodismo deportivo (sobre todo en su versión en papel) murió y que en su lugar había nacido otra cosa todavía difícil de definir, la comunicación.

Pero a la vez se enorgullecía de su capacidad de sortear etapas y adaptarse sin problemas a todas las épocas y cambios que le tocó atravesar. “Fui parte de proyectos experimentales de todo lo que ahora funciona”, reconoció a LA NACION en esa misma entrevista de 2024 en la que también habló de sus ideas para adaptar al mundo del streaming sus columnas de opinión “si alguien se interesa”.

Dejó tres hijos de dos matrimonios distintos, varios reconocimientos (cuatro Martín Fierro, un Konex, un título de Personalidad Destacada en el deporte otorgado por la Legislatura porteña) y una memoria difícil de igualar. En la entrevista de 2024 con LA NACION, que llenó de palabras “porque esta puede ser mi última nota”, se animó a citar a Ortega y Gasset: “¿Qué es la vida? Azar, determinación y destino. Y el azar tiene que jugar a favor del periodista”. Verborrágico, apasionado, contundente y exagerado a la hora de postular sus verdades, Cherquis Bialo aplicó a su propia existencia esos tres principios.