28 de junio de 2022

Santa Fe 24 Horas

Portal de Noticias

Los que vienen: las experiencias de extranjeros que eligen vivir en Argentina

Sus historias los trajeron y ellos se quedaron. Un argentino que después de 25 años en Italia volvió por una ex compañera de facultad. Un parisino en Capital Federal. Una mujer que dejó su trabajo en Londres y ahora vive en Morón. Un estadounidense que no encontró en el mundo paisajes como los de la Patagonia.

Si algo tienen en común todas las historias es una pregunta. Una que les hacen a los protagonistas en reuniones de trabajo, fiestas de cumpleaños o brindis de fin de año: ¿qué hacés acá?

“Mi mujer es argentina”, responde por ejemplo Eudes Jover, francés, para salir del paso y no tener que deshacerse en explicaciones. Sólo en contadas ocasiones cuenta la verdadera historia: que él y su mujer llegaron por trabajo, que se quedó para que sus hijos crecieran cerca de los abuelos; que pudo elegir y eligió.

Según datos que la Dirección Nacional de Migraciones presentó, en el último año se le entregó la residencia permanente en el país a 181.591 extranjeros que la solicitaron y la tramitaron.

En lo que va de 2022 se entregaron un total de 36.440 residencias de esta clase. La gestión no es sencilla. Hay instancias previas y requisitos que cumplir. Es grande la cantidad de extranjeros que se encuentran a mitad el proceso o a la espera y también a los que se la niegan.

Stephen Johnson nació en South Lake City, pero viajó a California y se enamoró del mar

De las Rocallosas a Puerto Pirámides

La familia de Stephen Johnson (53) es nativa de la zona de South Lake City, las Montañas Rocosas, en los Estados Unidos. Sin embargo cuando tenía siete años sus papás decidieron mudarse a la costa de San Francisco. Por esos días la vida del pequeño Stephen cambió de muchas formas, pero hubo una que lo marcó especialmente: conoció el mar.

Hijo de una artista plástica y un psicólogo, durante la secundaria empezó a interesarse en el mundo de la fotografía. Su habilidad con la cámara lo hizo ganarse una beca en la Universidad de Houston, Texas, donde se recibió como antropólogo en 1994. Y ya en ese entonces la Argentina había llamado su atención.

“En la universidad yo andaba mucho con el tema de la escalada, entonces miraba de reojo el Chaltén, el cerro Fitz Roy, los paisajes argentinos. No tenía la más mínima idea de la política, de la historia, eso lo fui aprendiendo acá. El idioma hace 27 años que lo aprendo”, se ríe.

En Estados Unidos Stephen se dedicaba al surf, pero en Pirámides se le dio por la pesca

El mismo año que se recibió de antropólogo Stephen planeó un viaje de tres meses por Bolivia y Perú, pero se terminó convirtiendo en una travesía de un año por el sur de América. A mitad de esa aventura conoció en un tren a una chica porteña y se enamoró. La siguió hasta Buenos Aires y terminaron viviendo juntos algunos años en un departamento de San Telmo.

En 1999 el vínculo sufrió los vuelcos del amor y él decidió dejar la ciudad. Retomó entonces la búsqueda de los paisajes que lo habían traído. El primer lugar al que viajó fue Puerto Pirámides, en Chubut. Un amigo suyo se acababa de instalar ahí buscando “un cambio de vida” que terminó siendo el cambio de vida de dos, porque Stephen nunca más se fue.

“Fui surfista toda mi vida. Acá en Pirámides no hay muchos lugares donde pueda hacerlo, pero incursioné en buceo y desde mi segundo año empecé a trabajar con las ballenas. Hago de guía bilingüe en las excursiones, además de mi trabajo como fotógrafo”, cuenta Stephen, que también se recibió de marino mercante.

Stephen junto a Alexa, su esposa, y Eliot, su hijo

A fines del mes de diciembre viaja a la Antártida hasta los últimos días de febrero para trabajar. Releva a marineros o timonea los barcos de biólogos e investigadores. “Yo he visto muchos lugares de ballenas, pero este lugar es mundial, insuperable”, asegura. Después responde a esa pregunta recurrente que -dice- normalmente hacen argentinos: ¿qué haces acá?

“Si yo fuera de un país latinoamericano no me lo preguntarían. Yo soy rubio, tengo ojos claros, educación, entonces la gente no entiende. Quizás podría vivir mejor, pero elijo estar acá, es triste a veces escuchar esa otra mirada”, comparte el oriundo de las Rocallosas.

Stephen Johnson durante uno de sus viajes a la Antártida

—¿Dónde te lo preguntan?

—En general me hacen esa pregunta en cualquier lado. Lo que pasa es que no puedo esconder el acento. Siempre que la hacen es por la cuestión económica, esa una idea que se escucha mucho. Tiene que ver con esa falta de identidad propia, de que todos quieren irse de acá. Y es verdad que hay que “remar”, pero al mismo tiempo tenemos un país tan bello, tan rico en muchos sentidos. Es una elección de vida.

—¿Y tu familia de Estados Unidos? ¿Qué dice?

—Mi familia vive en un lugar muy lindo allá, no les interesa vivir acá. Ellos tienen otro estilo de vida mucho más “a la gringa”. No entienden mis decisiones, pero les gusta cuando vienen de visita. Realmente si alguien quisiera profundizar en por qué estoy acá creo que esto debe tener muchas raíces. Vengo de una familia con cierto bienestar, vengo al “culo del mundo”, tiene que ver con encontrarse cada uno y lo que quiere cada uno.

Un día durante un avistaje Stephen conoció a Alexa, una abogada que había llegado de visita a Pirámides desde Comodoro Rivadavia. Charlaron, se gustaron, quedaron en contacto y empezaron una historia, que primero fue a distancia y que hoy lleva ya 17 años. Ahora ella es la jueza de paz de Pirámides y tienen un hijo de 15, Eliot.

Raúl y Mariel recorrieron juntos Italia en auto y confirmaron eso que ya sabían

Volver por amor

El primer recuerdo que Mariel Oyhamburu (59) tiene de Raúl Larsen (60) es en la Facultad de Agronomía de La Plata a finales de los ‘70. En esa primera diapositiva él es un adolescente flaco y largo que entra con la cara llena de moretones al aula en la que ella está en clase.

“Era antes del golpe del ‘76 que había una lucha feroz entre los pro-golpe y los contra-golpe. Yo recibí una paliza de quienes estaban trabajando por un golpe de estado”, explica Raúl la escena que en aquel momento representaba el estereotipo de estudiante del que a Mariel, en su casa de Coronel Brandsen, le habían aconsejado alejarse.

“Yo venía del campo a estudiar a la ciudad”, dice ella, que había llegado a La Plata en 1975 para cursar las primeras materias de la carrera. Durante esos años prácticamente no se hablaron y apenas si se ubicaron de vista. En 1979, plena dictadura militar, egresaron de la facultad y sus caminos se separaron.

Mariel se quedó en Argentina y Raúl decidió tener una vida en Italia. Formaron familias en un mundo en el que la gente, con el tiempo y sin redes sociales, podía perderse de vista. No supieron nada el uno del otro por 30 años.

“Iba por un año y me quedé 23″, dice Raúl, que se instaló en Piacenza, una provincia a orillas del río Po, en el norte de Italia, junto a la que entonces era su esposa y dos hijos muy chicos. Sería uno de ellos, Federico, el que de adolescente volvería la mirada hacia un país al que su papá no tenía pensado volver.

Mariel y Raúl prácticamente no se hablaban en la facultad y 30 años después se enamoraron a la distancia

“Me fui en el ‘89 y volví después de siete años y encontré una Argentina totalmente cambiada en materia de seguridad, rejas, alarmas, la gente encerrada. Eso fue un golpe duro”, repasa, sobre los cambios que encontraba cuando volvía cada tanto tiempo de visita para alguna Navidad o fin de año.

“Federico terminó el secundario y decidió venirse a estudiar a la Argentina. El momento lo recuerdo patente, ya habíamos hecho dos o tres viajes para acá y cada vez que lo hacíamos él venía muy cargado de la relación con sus primos y con el resto de la familia. Para él la vida verdadera estaba acá”, recuerda Raúl.

La decisión de su hijo lo tomó por sorpresa. Pero lejos de intentar convencerlo para que estudiase en Torino o en Milán, lo que él hubiera pensado que Federico iba a hacer, quedase en Europa, la noticia le hizo sentir una alegría inesperada. A la distancia, admite: “Estaba proyectando un montón de cosas. Yo quería ser él”.

Un tiempo después Raúl se separó, tenía un hijo en la Argentina al que veía en verano y una vida en Italia que no tenía planes de cambiar. Hasta el día en que la camada 1979 de la Facultad de Agronomía de La Plata, por Facebook, organizó un reencuentro por los 30 años de egresados.

Mariel había terminado la facultad de novia con su primer novio y no tardó mucho en ser mamá de Gilda. El matrimonio, sin embargo, duró poco. Le siguió a esa relación otra de la que no guarda un buen recuerdo, más bien todo lo contrario. “No quería saber nada con convivir, con casarme, ya estaba grande”, dice con voz firme.

Pero las redes sociales y la excusa del reencuentro, hicieron que los dos ex compañeros, que no recuerdan alguna vez haberse hablado, apenas visto en algún aula del pasado, empezaran a acercarse a un océano, 11.185 kilómetros y 30 años de distancia. Por la foto de perfil a Mariel le pareció que a Raúl no le habían hecho bien los años y a él que ella había puesto una imagen de cuando era más joven.

“Fue enseguida que nos dimos cuenta cuando empezamos a contarnos nuestras historias, que teníamos la misma actitud ante las adversidades. Y además muchas ganas de tener a alguien así al lado. Alguien en quien confiar para hacer muchas cosas que teníamos ganas de seguir haciendo”, resume Raúl, eso que los dos empezaron a sospechar.

“A mí me empezó a gustar cómo escribía, cómo se expresaba, me empecé a enamorar de él leyéndolo”, admite Mariel, que se vio contándole cosas que no le había dicho nunca a nadie en su vida. Y se las contaba a él, un desconocido.

“Me acuerdo del día que me llamó por teléfono, ni la voz le conocía. Además después de 25 años viviendo en Italia él tenía acento. Me hablaba con ese vozarrón que tiene, pero las cosas que decía era un dulce de leche”, se ríe ella, de ese amor a la distancia que no se les dio fácil.

Raúl viajó para el reencuentro. Durante la cena los dos actuaron como ex compañeros que hacía mucho no se veía. Esa semana confirmaron sospechas y al momento de la vuelta, los aplastó la distancia. En palabras de Mariel: “Caímos en la cuenta de que él vivía en Italia y yo acá. Lo sostuvimos un tiempo, nos escribíamos, pero en un momento se cortó porque era muy doloroso”.

Sin embargo los ex compañeros seguían espiándose por Facebook. Mordiéndose los labios frente a pantallas azules, sospechando likes y comentarios de desconocidos que pudieran ser nuevas personas en sus vidas. “Un año estuvimos sin hablarnos y pensando el uno en el otro, pero sirvió para darnos cuenta de que teníamos que estar juntos”, dice Mariel.

Raúl le insistió entonces para que viajara a conocer su casa en Piacenza. Ella aceptó desoyendo a familiares que le decían que “estaba loca” y que él seguramente “tenía una doble familia en Italia”. Que la cosa “no iba a terminar bien”. En esas tres semanas por caminos que conocieron juntos, planearon todo lo que vino después; en Argentina.

Después de 25 años viviendo en Italia, Raúl decidió volver a buscar a su ex compañera de facultad

—¿Te preguntan por qué volviste?

—Me hacen la pregunta y yo trato bastante de evitar una respuesta. Es muy difícil de transmitirle a una persona que tiene un imaginario, una mirada, ganas de irse y que se encuentra con uno que volvió.

—¿Te incomoda?

—No me incomoda la pregunta, sí la sensación de que no la voy a poder responder. Pero tengo dos o tres respuestas. una es que no quería envejecer solo en Italia y la otra que ya había hecho lo que tenía que hacer allá.

—¿Y la verdadera?

—Mariel.

—¿Y además de esa razón, Mariel, se te ocurre algo más por lo que haber vuelto?

—Que tenía miles de kilómetros a la redonda y no había nadie que me conociera de cuando era chico. Eso se nota, se siente. No tenés historia para toda esa gente.

—Pero muchos hablan de “otra vida”, una “mejor”.

—Es muy cierto, lejos de la Argentina hay otra vida. Hay muchas cosas muy interesantes para vivir en otras partes del mundo. El bichito de irme yo lo tenía de joven, tuve un viaje de iniciación, si no lo hubiera hecho me hubiera quedado la cuenta pendiente, sería de los que preguntan “¿por qué te volviste?”. Pero no lo soy.

Eudes Jover en el glaciar Perito Moreno

Un francés en Buenos Aires

Eudes Jover (42) nació en Río de Janeiro pero cuando tenía tres años su familia se mudó a París. Su mamá es francesa y su papá argentino. Sin embargo, cuenta, nunca le habló en español. Desde 1983 hasta 2012 Eudes vivió como francés y cuando tenía 32 años decidió viajar a Brasil, el país en el que había nacido.

“Fui allá por un intercambio universitario, no hablaba nada de portugués pero en Francia había estudiado español que me ayudaba”, repasa. “A fines de ese año yo estaba trabajando en publicidad. Brasil al igual que la Argentina es un país muy interesante a nivel publicitario”, explica en dialogo con Infobae.

A finales de ese año trabajando en publicidad, Eudes conocería a la que hoy es su esposa, una chica argentina con la que en Brasil tuvo a su primera hija. A finales de 2016 fue una oportunidad laboral para ella la que trajo a la familia a Buenos Aires. “A mí me gustó la idea, estábamos esperando a nuestra segunda hija y mi mujer quería que estuviéramos cerca de su familia”, cuenta él.

Para Eudes conseguir trabajo no fue fácil. “Mi trabajo es muy de gestión de clientes y para los argentinos o los brasileños es errado que un francés, por ser de otra cultura, tome ese tipo de trabajo. Está esa idea de que es más fácil con una persona de la misma cultura. Me costó un montón y a nivel laboral fue un poco frustrante”, admite, aunque es consciente de que hoy habla y entiende más el español que en ese primer momento.

—¿Sentiste alguna diferencia entre esos años trabajando en Brasil y acá?

—La gente es muy diferente. Yo de Brasil me fui sin ningún amigo. Y en Argentina sé que hay gente con la que voy a seguir en contacto pase lo que pase. Gente a la que me pone feliz ver.

—¿Hoy cuál es el plan?

—La idea es que nuestras hijas tengan una doble cultura. Mi papá es argentino pero yo no tengo una doble cultura. Yo nací en Brasil, pero tampoco soy brasileño. Nosotros queremos hoy queremos vivir acá, en el futuro no sé que puede pasar.

—¿Qué cosas te podrían hacerlos irse?

—Las cosas que harían que nos vayamos, si es que alguna vez pasa, creo que tienen que ver con la inflación, se hace difícil proyectar, adaptarse, eso a veces resulta agotador.

—¿La seguridad?

—El tema seguridad está también, pero no es algo que yo sienta. La verdad que lo tengo presente porque lo menciona la gente que me rodea. A mí me daba mucho más miedo vivir en Río de Janeiro.

—¿Y qué los hace quedarse?

—El país en sí es increíble. Yo viajé bastante por acá, es un país con un potencial turístico impresionante pero no está bien estructurado, no está explotado como se debe. Voy bastante a Córdoba, allá la gente es mucho más amigable. Y después lo otro que me hace quedarme es la gente, me divierto mucho en mi trabajo por ejemplo. También soy consciente de que es un país en el que conviven muchas realidades.

—Y qué respondes cuando alguien pregunta: “¿Qué haces acá?”

—”Porque mi mujer es argentina”, esa es la respuesta que corta toda conversación. Obviamente en un ámbito más personal cuento un poco más mi historia. Yo también estoy acá porque en muchos aspectos vale la pena estar acá.

Cuando Anna conoció Argentina se enamoró de su gente y del baile

De Londres a Morón: la pandemia la dejó varada y se enamoró de un argentino

“Mi historia es bastante complicada, soy mitad italiana y mitad inglesa. Yo nací en Inglaterra pero a los cuatro años me fui a Italia. Ahí hice la primaria, la secundaria y a los 23 volví a Inglaterra”, empieza la charla con Infobae, Anna Pizzini (36), que desde hace dos años, vive en Morón.

La historia de Anna empieza en Bournemouth, en la costa sur de Inglaterra, donde nace, y continúa en un pueblo de Italia, Valtellina, en la provincia de Sondrio, un valle en los Alpes, cerca del Lago de Como, donde pasa su infancia y adolescencia. “Es muy chico, no tiene oportunidades de trabajo y yo quería algo más”, dice ella, sobre las razones que la hicieron irse.

Viajó a Inglaterra donde estuvo hasta los 28 que decidió hacer un viaje de dos años a Australia. Se puso de novia y en camioneta recorrió el país. Siguió por Asia, Thailandia y Vietnam, entre otros. Después volvió a Inglaterra y trabajaba en Londres cuando a fines del 2019 surgió la idea de tomarse dos meses de vacaciones, para conocer Colombia y Brasil.

“Fue mi primer viaje sola, mi mamá estaba muy preocupada”, comparte Anna con Infobae, sobre ese plan latinoamericano que sufriría los vaivenes de una pandemia que ya empezaba a sentirse en Italia, uno de los países más golpeados en los primeros meses del 2020.

En un hostel de Bogotá empezó el camino a Morón. ”Era mi segundo o tercer día en la ciudad y conocí a Fede, un argentino. Hablamos un ratito y no pasó nada. Pero a los pocos días volvimos a cruzarnos en otra ciudad, nos tocó de nuevo en la misma habitación y empezamos a acercarnos. Pero fue una cosa de vacaciones, ninguno de los dos pensaba que fuera a pasar algo más. Viajamos 10 días por Medellín, Cartagena, cada uno en la suya”, dice.

Después de la pandemia Fede y Anna empezaron una vida juntos en Argentina

“Yo de ahí me iba al carnaval de Brasil y él se quedaba en Colombia. Fue triste, pero cada uno tenía sus planes y si bien estaba la idea de vernos de nuevo en Buenos Aires, no era seguro que eso fuera a pasar”, recuerda Anna ese que creyó un amor de verano, pero en el que por alguna razón no podía dejar de pensar.

Finalmente Fede insistió y Anna se dejó convencer de visitar Argentina. Él le propuso conocer Bariloche y ella sacó un vuelo a Foz de Iguazú para cruzar a Misiones y viajar a Buenos Aires. El 15 de marzo el presidente Alberto Fernández cerró todos los parques nacionales, incluidas las cataratas. La pandemia había llegado y amenazaba con cambiar los planes.

“En Italia los casos eran tremendos. Federico me llamó y me dijo ‘mirá está pasando esto, si querés venir hacelo ya porque no sé si mañana van a cerrar las fronteras o qué va a pasar’. Yo no sabía qué hacer y decidí venir”, repasa la primera decisión difícil, la primera respuesta que tuvo que dar sin demasiadas certezas, en un mundo que se llenaba de preguntas.

Una taxista brasileña la llevó hasta la frontera pero no la quiso cruzar. De ahí en más, sin hablar una sola palabra de portugués, Anna se abrió camino hacia Buenos Aires. “Todos veían mi pasaporte italiano y se asustaban”, asegura, sobre el miedo que despertaban los que venían de países en los que la televisión mostraba que la COVID-19 hacía estragos.

Cuando Anna llegó Fede le dio la noticia de que no iban a poder viajar a Bariloche. Las restricciones habían empezado. Planearon entonces conocer la Capital, Buenos Aires, los alrededores, pero la más estricta de las cuarentenas los dejó encerrados. Era el 19 de marzo del 2020.

Federico le propuso a Anna que se quedará con él a pasar la pandemia y se enamoraron

“Yo estaba acá con una persona que me llevaba bien y todo, pero no como para vivir juntos. La pasábamos bien, mirábamos películas, pero también pensaba que era raro, que no lo conocía, y no sabía que pensaría su familia por ejemplo de todo esto”, recuerda Anna.

Anna tenía su vuelo de regreso a Europa el 6 de abril. Uno de los tantos que fueron cancelados por esos días. “Era lindo todo pero ninguno de los dos pensábamos que íbamos a ser una pareja e íbamos a estar juntos”, insiste ella. Y sin embargo cuando pasó la pandemia, en lugar de correr a comprar un pasaje, la estadía empezó a alargarse “dos semanas más, y dos semanas más, y así”. La despedida se hacía esperar.

“Había una lista de espera super larga para ir a Italia y yo no sabía si anotarme o no. A todo esto perdí mi trabaio en Londres. No sabía bien cómo manejarme y yo empezaba a sentir algo más por Fede. No quería dejarlo, pero no sabía qué le pasaba a él”, enmarca la que sería la previa a la charla en la que no se anduvo con vueltas y le dijo: “Yo me quedo acá pero si vamos a ser pareja. Yo me quedo por algo importante. No voy a dejar mi vida por nada”.

—¿Qué te pasa cuando te acordás de ese momento?

—Ahora lo digo y me da felicidad.

—¿Y más allá de Fede? ¿Qué pasaba con vos y este plan fuera de los planes?

—La pandemia fue difícil. Yo no hablaba español. Cuando salía a comprar no entendía nada. No tenía a mis amigas. No tenía a nadie con quien hablar. Estábamos solo nosotros dos juntos. Creo que no fue fácil para él tampoco, necesitaba sus espacios. Pero pudimos superarlo.

Anna y Federico de viaje por Italia

—Muchos conociéndose desde mucho más tiempo no pudieron…

—Yo porque viajé mucho soy una persona que se adapta mucho también. Si no sos una persona que se puede adaptar no podés hacer esto. Yo al perder mi trabajo allá no tenía obligaciones, nadie me esperaba y eso ayudó. Cuando le dije que me quedaba no sé si pensé que se lo decía para siempre, pero ahora hace dos años que estoy acá.

—¿Y cuando pasó el encierro y saliste a la calle? Estabas en un país que no conocías…

—Hay muchas diferencias. Al comienzo no las noté por la pandemia pero después sí. La inseguridad en la calle me costó. Nosotros vivimos en Morón centro y no estoy tan mal, puedo salir a comprar, pero he escuchado historias de amigos a las que quizás no estoy acostumbrada. Allá salía de noche y hablaba por celular, acá me dijeron que no podía hacer eso. O me llaman para preguntarme dónde estoy. Cosas pasan en cualquier lugar del mundo.

—¿Encontraste cosas que te gustaron?

—Muchas cosas me han gustado. Si no, no me quedaba. Los paisajes, la gente, tienen mucho de la cultura italiana, somos parte, la comida es similar. Pero la diferencia más grande y que me gusta es que acá todos hacen mucho por los amigos. Allá no sé si todos lo hacen, acá siempre están, no importa qué hora sea, ni para qué. Dejan que amigos se queden en sus casas cuando no están por ejemplo, eso no sé si pasa allá. Y la música, para mí acá es todo música.

—¿Cómo es eso?

—La gente baila en cualquier momento, no importa la edad. Chicos, adolescentes, gente grande. Una cosa muy simple que quizás a vos no te parece muy importante, pero que yo noto, es que acá se baila en pareja. Aunque no estén juntos, aunque sean amigos, allá no pasa. Ni en Italia, ni en España, ni en ningún lado. Allá la gente no baila. Bailan sólo si son bailarines.

—¿Pudiste conseguir trabajo?

—Hice un curso que te permite enseñar inglés en cualquier lugar del mundo. No podía encontrar trabajo al principio y en marzo 2021 un amigo de Fede le preguntó si quería hablar con una amiga de él que enseñaba inglés. La conocí, ella confió en mí y hoy es una amiga. Empecé ayudándola a ella y en enero empecé a trabajar en un sitio online, que da clases a personas en diferentes países.

—Hay una pregunta que se repite en historias como la tuya, la de “¿qué haces acá?”. ¿Apareció ya?

—Si viviera en Capital quizás pasaría menos, pero en Morón no hay muchos extranjeros, entonces voy al supermercado, al peluquero y la primera pregunta es de dónde sos y la segunda “¿qué hacés acá?”. Me dicen “yo me quiero ir y vos te quedas acá”.

—¿Y vos qué respondés?

—Que l´amor comanda (el amor manda).

Por Alejo Santander para Infobae