El apellido Benvenuto quedó inmortalizado en el imaginario popular argentino por la tira artística que se emitió en los años 90. Sin embargo, mucho antes de convertirse en una referencia televisiva, ya formaba parte de la idiosincrasia nacional y de ese vínculo tan profundo entre la Argentina y la inmigración italiana.
A principios del siglo XX, Luis y Silvio Benvenuto, dos hermanos originarios de Liguria, llegaron al país con la intención de prosperar en una tierra que recibía a miles de inmigrantes europeos. Traían consigo algo más que pertenencias: traían sabores, costumbres y una forma de entender la comida que pronto encontraría eco en los hogares argentinos. Así nacía La Campagnola, una empresa que, sin saberlo, estaba destinada a convertirse en parte de la mesa cotidiana de varias generaciones.

Los hermanos Benvenuto y el origen de La Campagnola en la Argentina
En sus primeros años, los hermanos Benvenuto comenzaron importando productos elaborados en Italia. Latas de atún, sardinas y otras conservas cruzaban el océano y llegaban al puerto de Mar del Plata, donde rápidamente conquistaron el paladar local. La calidad de esos productos y la fidelidad a la tradición italiana hicieron que la marca ganara reconocimiento en poco tiempo.
Para representar la esencia de la tierra que habían dejado atrás, decidieron que cada lata llevara la imagen de una campesina italiana —una campagnola— sosteniendo productos frescos. No era solo una decisión estética: era una declaración de principios. Al mismo tiempo, en un gesto inverso, comenzaron a exportar productos argentinos hacia Europa, mostrando del otro lado del océano qué se comía en esta nueva tierra que los había recibido.

La figura de la campesina (campagnola, en italiano) dio nombre a la marca y simboliza la tradición rural y los sabores de la tierra que los hermanos Benvenuto trajeron desde Italia a la Argentina
De importadores a industriales
El crecimiento sostenido y la popularidad de la marca llevaron a los Benvenuto a dar un paso clave. En 1933, inauguraron su primera fábrica en Mar del Plata, apostando por la producción propia y la industrialización en una ciudad que crecía al ritmo de su actividad portuaria. La elección no fue casual: el puerto garantizaba materia prima y logística, y la ciudad ofrecía un contexto ideal para el desarrollo industrial.
En esa planta, La Campagnola se especializó en conservas de pescado, principalmente caballa, una especie poco valorizada hasta entonces, y más tarde sardinas, que bajo la marca Nereida se convertirían en un clásico. Con el tiempo, la firma se consolidó como líder del sector, al punto de que una frase popular sintetizaba su presencia en el mercado: “¿Qué clase de pescado sos que La Campagnola no te envasa?”.

La planta de La Campagnola en Mar del Plata, inaugurada en 1933, fue uno de los primeros complejos industriales del puerto dedicados exclusivamente a conservas de pescado. Su icónica lata de atún en la azotea se convirtió con el tiempo en un hito urbano y en un símbolo del vínculo entre industria, ciudad y mesa argentina.
Del puerto al interior productivo
Hacia 1950, la empresa ya había superado ampliamente su etapa inicial. La Campagnola era una marca instalada en los hogares argentinos y los hermanos Benvenuto decidieron transformarla en una empresa multiproducto. El nuevo desafío fue el procesamiento de frutas y verduras, y el lugar elegido para esa expansión fue San Rafael, Mendoza, corazón de la producción frutihortícola del país.
Así como la cercanía al puerto había sido clave en Mar del Plata, la proximidad con las zonas productivas de Cuyo y, más adelante, del Alto Valle rionegrino, resultó determinante para esta nueva etapa. En 1972, la empresa sumó una planta en Choele Choel, especializada en tomate, completando un mapa industrial que unía mar, campo e industria.
La diversificación trajo consigo nuevas marcas, campañas publicitarias recordadas y una fuerte apuesta por la innovación. La incorporación del envase Tetra Brik simplificó la logística y redujo costos, mientras que en la década del 80 llegó la línea BC, pensada para un público que comenzaba a interesarse por una alimentación más liviana y saludable.
Cambio de manos y un siglo en la mesa argentina
En 2005, La Campagnola pasó a manos del grupo Arcor, que adquirió la empresa —ya en manos de los descendientes de los fundadores— por 40 millones de dólares. La operación marcó el fin de una etapa familiar, pero también garantizó la continuidad de una marca histórica dentro de uno de los grupos alimenticios más importantes del país.
En 2012, La Campagnola celebró sus 100 años, reafirmando su presencia en la mesa de los argentinos. Durante la última década, atravesó —como tantas otras empresas— los vaivenes de la economía local, cierres de plantas y reestructuraciones. Sin embargo, supo reinventarse y ampliar su oferta: hierbas y especias, pastas secas, dulces de membrillo y batata, entre otros productos, se sumaron a un catálogo que parece no dejar ninguna comida tradicional sin cubrir.

Las líneas de hierbas y especias forman parte de las incorporaciones más recientes al portafolio de La Campagnola, una ampliación que muestra cómo la marca centenaria buscó adaptarse a nuevos hábitos de consumo sin abandonar su identidad ligada a la cocina cotidiana.
Hoy, más de un siglo después, la empresa que fundaron Luis y Silvio Benvenuto conserva esa impronta italiana que le dio origen, combinada con un toque profundamente argentino. Una historia de inmigración, industria y mesa compartida que sigue vigente, lata a lata, frasco a frasco, en la memoria colectiva del país.